imperfeição

Lisboa es imperfecta, una ciudad de altibajos, de largos trayectos claustrofóbicos aligerados por breves vistas del cielo desde los miradouros que aparecen por el camino, de luchas para conquistar montes y disfrutar de la velocidad que consigues al bajarlos, sólo para reunir las fuerzas para subirlos nuevamente. Lisboa es un mundo en miniatura, el cosmopolitismo de París con los modales de un pueblocho del interior, una ciudad donde los edificios más coquetos del mundo hospedan señores que escupen al salir por la puerta cada mañana.

Lisboa es el desorden de una Baixa Pombalina cuidadosamente diseñada para que fuera perfectamente simétrica, pero que por las imposibilidades de su geografía -es decir, por culpa de su propia esencia, su ser- es una serie de irregularidades, de ejes que terminan en las esquinas de plazas, y calles que surgen del equivalente arquitectónico de un trompe l’oeil. Una Baixa que somos nosotros, nuestras mejores aspiraciones, ajustadas a la realidad.

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Y el gran eje de la ciudad es la vida en manifestación urbana. Una vida que imaginamos que será alineada, como la línea recta que racionalmente debería ir desde la Glorieta del Marqués de Pombal hasta la Praça do Comércio. Una línea que existe en nuestras mentes, pero que en realidad no existe, pues esa vida triunfante de los cuatro carriles de la Avenida da Liberdade que se ve coartada irremediablemente justo pasado la victoriosa Praça dos Restauradores, con nuevas realidades que, cuando mayor libertad celebra, rápidamente reducen semejante avenida en una callejuela de dos carriles, humildemente relegada a la circulación por un lateral del Rossio, conducido seguidamente por las finísimas calles de la Baixa, hasta conseguir recuperar la dignidad momentariamente al desembocar en el triunfo más bello, pero efímero, de la Praça do Comércio. Es la plaza de la finalidad, de la belleza pero también el sentido trágico de la vida, pues una vez has llegado, a la perfección más absoluta… Sólo queda seguir adelante para hundirte irremediablemente en las aguas del Tejo.

Pero cuánta belleza antes del hundimiento…

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