Vasco Lourenço: ‘Hicimos la Revolución para instaurar la democracia, con todos sus defectos’

A sus 71 años, el teniente coronel Vasco Lourenço se parece poco el robusto capitán del Ejército Portugués que protagoniza gran parte de las fotos emblemáticas de la Revolución de los Claveles. El paso de las últimas cuatro décadas le ha dejado con poco del cabello negro que se asomaba desde debajo de su boina militar y sus ojos brillantes se esconden tras unas gafas gruesas. Pocos imaginarían que este abuelo con aspecto campechano dirigió tropas contra guerrillas en África y fue uno de los principales adversarios del Régimen autoritario del Estado Novo portugués.

Sin embargo, cuando Lourenço recuerda aquel 25 de abril de 1974, día en que se produjo el levantamiento militar que puso fin a 48 años de dictadura salazarista, el aspecto del anciano cambia por completo. Con la vista perdida en la memoria de ese tiempo lejano, su voz recupera un tono lleno de autoridad y físicamente se altera, pasando de su pose encogido sobre la silla a estar con la espalda firme, en atención. Durante unos momentos el hombre que podría ser cualquier jubilado anónimo de la capital lusa vuelve a ser aquel capitán de antaño.

Un capitán que luchó en el duro frente de Guinea durante la larga guerra que Portugal mantuvo contra sus posesiones coloniales en África. Un capitán que, convencido de la futilidad de la contienda, volvió a Lisboa convencido que de que se tenía que poner fin a la Dictadura para poner fin a la guerra. Un capitán que, junto a otros compañeros, coordinó la conspiración contra el Régimen y se convirtió en el principal ideólogo del Movimiento de las Fuerzas Armadas [MFA], cuyo sumo objetivo era restaurar la democracia en el país.

photoEl teniente coronel Vasco Lourenço. | AHM

Hoy Lourenço es uno de los últimos “capitanes de abril”, terminó por el cual se conoce a aquel grupo de jóvenes oficiales que lideraron el levantamiento, y se mantiene activo como presidente de la Asociación 25 de Abril. El militar recorre el país con notable energía, participando en coloquios y exposiciones sobre la Revolución de los Claveles, pero se dedica en particular a la defensa de los “valores de abril”: democracia, libertad e igualdad. Son conceptos que el militar considera que perviven dentro de todos los portugueses, pero que también están bajo un estado de asalto perpetuo por parte de los poderes políticos y de la banca.

“Si perdemos lo valores de abril”, declara, “lo hemos perdido todo”.

El militar me recibe en su despacho en el edificio de la Asociación, un pequeño espacio galardonado con banderas nacionales y lleno de carteles conmemorando el 42º aniversario de la Revolución. Rememora aquellos la conspiración que resultó en aquel día de abril mientras mira hacia la ventana, donde puede observar como la brisa del Río Tajo agita los claveles que llenan los floreros del balcón.

¿Por qué decide organizar el levantamiento contra la Dictadura?

Me di cuenta que era necesario acabar con la guerra colonial cuanto antes. Viví una situación que me cambió la vida en el frente de Guinea, donde nuestras unidades tenían a guineanos integrados dentro  de ellas. Uno de los que estaba en mi grupo, Bobby, era un buen amigo, y me sentí destrozado cuando murió a mi lado en una emboscada de la guerrilla. No puedes imaginar mi sorpresa cuando me enteré, unas semanas más tarde, que Bobby era un infiltrado de la guerrilla dentro de nuestra división. Había dado las coordenadas de nuestros movimientos a la guerrilla, sabiendo que estaba poniendo su propia vida en riesgo.

Pensé, “si este chaval dio su vida para obstaculizarnos el camino, será que estaba absolutamente convencido que tener la razón; él está luchando por la libertad de su pueblo y está dispuesto a darlo todo, y yo soy el que está equivocado”. Supe que la guerra estaba perdida, y que tenía que hacer todo lo posible para acabar con ella, y con la Dictadura, y cuando volví a Lisboa empecé a organizar el levantamiento.

¿Cómo consiguió que otros oficiales se involucraran en la conspiración?

Les planté el asunto no como una cuestión política, sino una cuestión de prestigio. Habíamos luchado en África, pero cuando volvíamos a casa la gente nos rechazaba. El Ejército estaba desprestigiado. ¿Por qué? Porque éramos vistos como soportes de una Dictadura que nos tenía en una guerra injusta, y sin libertad en casa. Entendieron que para recuperar el prestigio era necesario dejar de apoyar al Régimen. Necesitábamos hacer un golpe de Estado, tumbar la Dictadura, restaurar la democracia y salir de África. Nuestra conspiración consistió en organizar la parte práctica, militar, del levantamiento, y constituir el Movimiento de las Fuerzas Armadas [MFA], con un programa político que llevaría a la democracia.

Nunca había vivido dentro de un país democrático, pero decidió luchar precisamente por ello.

Mi familia era apolítica y en el Ejército no se tocaba el tema. No hablábamos de la falta de libertad en Portugal, pero todos éramos conscientes de ello. La democracia y la libertad forman parte de la esencia del ser humano. Es nuestra naturaleza, no es algo que se necesite conocer explícitamente para querer poseer.

¿Era consciente de los riesgos que estaba tomando?

Claro. Todos sentíamos miedo, sabíamos que podíamos ser fusilados, que podían atacar a nuestras familias, pero éramos militares y veteranos. Sabíamos lo que era sentir miedo y conseguir superarlo.

¿Y su familia sabía lo que estaba tramando?

No. Yo me casé en septiembre de 1973, en plena conspiración. Mi mujer sabía en lo que estaba metido, pero nadie más; mi padre siempre me había dicho que no me debía meter en política, nunca. Mis padres sospechaban que algo estaba pasando, pero nunca anticiparon que estaba dirigiendo una conspiración. Pese a su filosofía apolítica, tras el triunfo de la Revolución mi padre me dijo que estaba orgulloso de lo que habíamos hecho.

¿Había infiltrados del Régimen en el grupo conspirativo?

Sí, la Dictadura era consciente de lo que se planeaba pero no podía actuar directamente porque la PIDE [la policía política del Estado Novo] no tenía jurisdicción sobre militares. Lo único que podían hacer es ordenar nuestro traslado, así que fui destinado a las Azores pocas semanas antes del levantamiento. Intentamos evitarlo fingiendo mi rapto, pero tuve que entregarme. Estuve en una prisión militar unos días y luego fui enviado a las islas.

El Régimen concluyó que la amenaza del ejército había quedado neutralizada, cosa que nos favoreció, mucho, el 25 de abril.

¿El Régimen asumió que habían quedado neutralizados?

De cierta manera. También fue decisivo un intento de golpe que se llevó a cabo en marzo, y que fracasó por falta de coordinación. El Régimen concluyó que la amenaza del ejército había quedado neutralizada, cosa que nos favoreció, mucho, el 25 de abril. No estaban a la espera de un segundo levantamiento. Yo seguía en Azores, pero el MFA nombró a mi sustituto en la coordinación, Otelo Saraiva de Carvalho, y fue él quien ejecutó la ocupación de Lisboa y el triunfo de la Revolución.

¿Te perdiste el levantamiento?

Yo llevé a cabo el levantamiento en las Azores pero, sí, me perdí la ocupación de Lisboa. Otelo lo hizo muy bien, por lo que mi considerable frustración personal queda supeditada ante lo que supuso un éxito para todos los portugueses. Volví a Lisboa el día 29 y me integré en el Consejo Revolucionario; formé parte de él hasta su disolución en 1982, cuando la democracia quedo completamente consolidada.

pinheiro+de+azevedo_eanes_costa+gomes_vasco+lourencoLourenço (segundo, izquierda) junto a otros miembros del Consejo Revolucionario. | Archivo

¿Por qué cree que la Dictadura no hizo más para aplastar la conspiración?

Nosotros jugábamos con una ventaja decisiva: Portugal se encontraba en medio de tres guerras simultáneas en África y habíamos conseguido reunir las renuncias irrevocables de más de 700 oficiales. El Régimen sabía que si detenía o fusilaba a uno de nosotros, al próximo día se enfrentaría a la dimisión en masa de su Ejército.

En España hay frustración por las amnistías de la transición y por la impunidad de los crímenes del franquismo. En Portugal también se declaró una amnistía general. ¿Existe semejante indignación?

Sí, pero es diferente para nosotros. Yo entiendo por qué están frustrados los españoles y me solidarizo. La Guerra Civil fue brutal y vuestra Dictadura fue durísima, y creo que debe haber consecuencias. Aquí la Dictadura fue mucho menos violenta que en España. No por ello dejo de sentir frustración que Salazar haya muerto en su cama. Sin embargo, los agentes de la policía secreta, los generales salazaristas… Creo que no vale la pena llevar a cabo una persecución. Los principales responsables fueron exiliados a Brasil, no fueron procesados o castigados. Sería absurdo responsabilizar a quienes desempeñaron papeles secundarios.

¿Habría querido desarrollar la transición lusa de otra manera?

Teníamos dos opciones: controlar la libertad o dejar que se viviera plenamente. El General António de Spínola [el presidente de la Junta de Salvación revolucionaria] optaba por la primera opción, y a pocos meses de la Revolución quería cerrar un periódico por sacar una columna en su contra. Afortunadamente, el consenso entre todos los otros militares era contrario a ese camino, ya que veíamos que fácilmente nos llevaría a otra Dictadura.

Al final la libertad para nosotros fue como una botella de champán: agitamos aquello y dejamos  que saliera todo. Nos emborrachamos de libertad y democracia. ¿Hubo excesos, errores, resaca? Sí, pero hacer lo contrario y perseguir a la gente ligada a la Dictadura hubiese provocado un clima de crispación que habría imposibilitado seguir adelante con el objetivo de celebrar elecciones libres en cuestión de un año.

La delegación cubana nos intentó convencer que teníamos que concentrar el poder en manos de un líder, un ‘Fidel’ portugués.

¿Hubo la tentación de mantener el poder en mano de los militares?

Tuvimos presiones desde dentro y fuera del país. Un número reducido de oficiales intentó convencer a Spínola para que se quedara con el poder, pero no captaron el poder del sentido de honor entre los militares. Antes del levantamiento, nosotros acordamos entre nosotros que sería para instaurar la democracia, y fue lo que prometimos a todas esas personas que salieron a la calle para apoyarnos el 25 de abril. La acción popular ayudó para reforzar nuestra posición.

Y desde fuera, una delegación cubana nos intentó convencer que teníamos que concentrar el poder en manos de un líder, un Fidel portugués, con comités populares para apoyarle. Yo les respondí, “cuidado: las revoluciones no se exportan, y nosotros somos portugueses y evolucionaremos a nuestra manera”.

Cuatro décadas más tarde, ¿está satisfecho con los resultados de su conspiración?

Sí y no. Hay gente que mira a las cosas que han pasado en Portugal estos últimos años, a los gobiernos conservadores, a la Troika, y dicen “la revolución no fue hecha para esto”. Y es verdad que no fue hecha para que la gente pierda los ahorros que tienen en los bancos, para que los Gobiernos incrementen la desigualdad, para que el pueblo gane una miseria. Pero hicimos la Revolución para instaurar la democracia, con todos sus defectos. Me duele que no tengamos una sociedad más justa, y que cada vez más existe una brecha más grande entre ricos y pobres. El objetivo de la Revolución era acabar con eso.

¿Cómo valora los políticos actuales?

Me gusta el actual primer ministro [el socialista António Costa]. Creo que es un hombre de Estado. Con [el presidente de la República] Marcelo Rebelo de Sousa estoy a espera de ver lo que hace. Puede ser muy buen presidente, y si sigue siendo el “presidente de todos”, puede ser una mejora sustancial sobre el ex presidente [Aníbal Cavaco Silva], que fue terriblemente partidario y sólo se diferencia del último presidente de la Dictadura en que fue democráticamente electo.

¿Siguen existiendo los valores de abril?

Sí, pero seguimos teniendo que defenderlos. El 25 de abril quiere decir democracia, libertad e igualdad. Este último aspecto sigue siendo una asignatura pendiente, pero se puede conseguir. Se tiene que conseguir, porque si no se consigue alterar, habrá una guerra. Es imposible que la mayoría del pueblo siga viviendo explotada por una minoría. Si no cambiamos, habrá una “nueva revuelta dos esclavos”.

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