Portugal, ‘pueblo de suicidas’

Cada vez hay menos portugueses en Portugal. El país, de apenas 10,5 millones de habitantes, ha perdido medio millón de sus ciudadanos durante los últimos cinco años, emigrantes que huían de la durísima crisis económica. Quienes se quedaron son cada vez más viejos: más del 20% de la población rebasa los 65 años. La tasa de natalidad es la más baja de la Unión Europea, con solo ocho nacimientos por cada mil residentes en 2015 .

El desastre demográfico de Portugal ha sido noticia en medios como Financial Times, que tilda la situación de “tormenta perfecta” que amenaza el futuro del país. Pero además de los factores más notorios hay otro menos conocido que, pese a reducir la población del país a un ritmo inferior al de la emigración, lo hace de una manera mucho más traumática: el suicidio.

Cada día unos cinco portugueses ponen fin a sus vidas. Puede parecer poco, pero en 2014 sumaron 1.223 casos. La cifra triplica la de las víctimas mortales de accidentes de tráfico en las carreteras lusas durante el mismo periodo. Un dato que sólo refleja los casos registrados oficialmente, pues cada año un millar de portugueses mueren de manera  violenta pero “por causas indeterminadas”. Se estima que un 75% de estos casos son suicidios no declarados.

Aunque Eurostat fija la tasa de suicidios en Portugal en 11,7 casos por cada 100.000 habitantes –muy superior a los 8,4 de España, 6,6 de Italia o 4,7 de Grecia–, Carvalho estima que la tasa real ronda los 15 incidentes.

“La cifra oficial es tremendamente inferior al número real de suicidios”, explica el doctor Álvaro de Carvalho, director del Programa Nacional de Salud Mental luso y organizador del Plan Nacional contra los Suicidios en Portugal. “Los médicos ocultan las causas reales del fallecimiento porque el suicidio sigue siendo un tema tabú”.

“Hay un claro estigma social y religioso, pero también hay motivos prácticos para ocultar la causa de muerte. Muchos seguros de vida quedarían invalidados y algunos préstamos bancarios llevan una cláusula que exige el pago inmediato de la deuda en caso del suicidio del titular”.

Aunque Eurostat fija la tasa de suicidios en Portugal en 11,7 casos por cada 100.000 habitantes –muy superior a los 8,4 de España, 6,6 de Italia o 4,7 de Grecia–, Carvalho estima que la tasa real ronda los 15 incidentes. Algunas autoridades teorizan que el número podría ser mayor, quizá incluso alcanzando las 20 muertes por 100.000 personas. La cifra conservadora sitúa al país a la cabeza de la UE en este aspecto, superado sólo por países como Hungría y Lituania.

“Es un problema grave y difícil de remediar al ser un fenómeno multicausal”, reconoce Carvalho. “Portugal tiene una de las tasas de depresión más altas de Europa, y eso influye, como también la genética. Luego hay quienes se matan motivados por un impulso momentáneo –la ruptura de una relación–, o por factores externos, como la pérdida de un trabajo por la crisis”.

“Desde la Dirección General de Salud (DGS) hacemos lo posible para para ayudar a grupos sociales de riesgo elevado –como pueden ser las personas mayores o la comunidad LGBT–, y formamos a médicos de familia para que identifiquen casos de riesgo. Estamos digitalizando el sistema y estableciendo un protocolo que exige un seguimiento de la Policía Judicial en todo caso de muerte violenta para conseguir estadísticas fiables”.

Carvalho explica que el suicidio en Portugal tiene cierta raíz cultural. “Solucionar eso requiere mucho esfuerzo a través de acción directa –con psicólogos sobre el terreno– y haciendo campañas para cambiar la percepción de la sociedad en general”.

Un problema histórico
El problema viene de lejos. Cuando Miguel de Unamuno visitó el país en 1908 quedó impactado al notar que el suicidio era una cosa cotidiana. Era normal que un jornalero se ahorcase, como que un político se pegara un tiro.

El escritor se mostró frustrado al llegar a Lisboa y descubrir que era imposible conocer a los ilustrados de la época en persona. El novelista Castelo Branco, el escultor Soares dos Reis, el ensayista Trinidade Coelho… Todos se habían matado. “Portugal es un pueblo de suicidas, tal vez un pueblo suicida”, sentenció el filósofo en Por tierras de España y Portugal.

Ante semejante visión del país, el escritor Miguel Laranjeria respondió en nombre de sus compatriotas, condenando esa imagen simplista de un pueblo fatalista. Pero un año más tarde, deprimido por la situación política del país, demostraba la tesis del filósofo vasco al pegarse un tiro en la cabeza.

“La mayoría de los suicidas son hombres y plantean tomar sus propias vidas como si fuese algo pragmático. ‘¿Estoy viejo? ¿Me siento inútil? ¿Algo me salió mal? Pues me mato.’ Lo ven como una forma de recuperar el control ante una situación desesperada.”

“El suicidio ha sido un fenómeno recurrente en Portugal a lo largo de su historia”, afirma el doctor José Santos, autoridad en la materia y ex presidente de la Sociedad Portuguesa de Suicidología. “La mayoría de los suicidas son hombres y plantean tomar sus propias vidas como si fuese algo pragmático. ‘¿Estoy viejo? ¿Me siento inútil? ¿Algo me salió mal? Pues me mato.’ Lo ven como una forma de recuperar el control ante una situación desesperada”.

Según Santos, parte del problema radica en el estigma que siempre ha ido ligado a los temas de salud mental en el país. “Por mucho que se diga que es el país del fado está mal visto hablar de la tristeza a nivel personal. Esa auto-represión fomenta la depresión, y la gente no busca ayuda”.

“En los hospitales existe estigma hacia las personas que sobreviven un intento de suicidio. En Urgencias consideran que están para atender problemas físicos y no los mentales. Tratan a los supervivientes con desprecio, como personas que están gastando recursos y el tiempo de los profesionales. No reconocen el grito de ayuda, y no captan que quienes no encuentran soluciones después de un intento frustrado tienden a intentarlo de nuevo”.

Santos considera que tendría que existir una campaña mucho más activa contra el suicidio, pero la propia naturaleza del fenómeno impide que se convierta en un asunto prioritario para el Estado. “Los muertos no votan. No existe una plataforma fuerte como la de los afectados por la Hepatitis C. Quienes sufren problemas de salud mental en Portugal no tienen voz”.

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La capital mundial de los suicidios
El suicidio no afecta a todas las regiones de Portugal de manera equitativa. El 35% de la población lusa vive en el norte del país, pero ahí apenas se registran casos; en Oporto la tasa llega a ser de sólo 0,5 muertes por cada 100.000. La región del Alentejo, en cambio, concentra apenas el 7% de los portugueses, pero en esta tierra de suaves colinas y llanuras infinitas tienen lugar más suicidios que en el resto del país. Ningún sitio supera al Consejo de Odemira en esta distinción, pues es el municipio con la tasa de suicidios más elevada del mundo. Aquí se registran 61 incidentes por cada 100.000 habitantes.

El suicida alentejano tiende a ser hombre de más de 65 años de edad y vive aislando en el campo. José Grelha, psicólogo clínico de la Unidad Local de Salud del Litoral Alentejano, explica que este último factor juega un papel clave en las cifras desorbitadas de la región.

El Consejo de Odemira registra 61 suicidios por cada 100.000 habitantes. Justo al otro lado de la frontera, Extremadura tiene una de las tasas más reducidas de España, con un total de 63 incidentes registrados en toda la comunidad autónoma en 2014.

“Están solos”, afirma el psicólogo. “No hablamos de aldeas, sino de casas sueltas, a kilómetros de distancia de los vecinos más cercanos. No hay autobuses y en algunos hogares no hay ni siquiera electricidad. Los hombres, al envejecer y perder facultades, les da vergüenza pedir ayuda y muchos se matan”.

Además del aislamiento, Grelha sostiene que ciertas particularidades de la cultura local son determinantes en las cifras regionales, y las estadísticas sugieren que tiene razón. Zonas similarmente remotas del país, como la región norteña de Tras-os-Montes, apenas registran suicidios. Justo al otro lado de la frontera, Extremadura tiene una de las tasas más reducidas de España, con apenas 63 incidentes en 2014.

“La religión es un factor. En el norte y en España la gente es muy devota, consideran al suicidio como un pecado mortal y eso les disuade. En el Alentejo la gente es católica oficiosamente: nadie practica ni es creyente”.

Grelha dice que también influye que aquí se vea el acto como un gesto noble, especialmente si ya hay antecedentes de suicidio en la familia. “Es muy común tener varios casos de suicidio en una misma familia. Conozco a una mujer que era la única de su clan que no lo había hecho; decía sentir vergüenza, como si ella fuese el bicho raro. Es algo muy arraigado, incluso con cierto protocolo. Los hombres se ahorcan del mismo árbol donde lo hizo su padre y el abuelo”.

Desmitificando el fenómeno
Desde hace una década las autoridades locales y la DGS intentan reducir el número de suicidios en el Alentejo a través de campañas para atender a las personas que corren mayor riesgo.

“Nos acercarnos a las personas más aisladas a través de unidades móviles de salud”, explica Grelha. “Vamos para ver qué tal están, darles vacunas y vitaminas, y si identificamos a una persona en riesgo les ofrecemos transporte gratuito al centros de salud más cercano para que pueda ver al psicólogo. Siempre hay una resistencia inicial, pero sorprende cuánto se abren una vez tienen confianza”.

“Intentamos transmitir a los jóvenes que no todos los intentos de suicidio tienen el resultado esperado. A nadie le resulta romántico sobrevivir y estar confinado a una silla de ruedas el resto de la vida”.

“A la vez, hemos lanzado un proyecto para desmitificar el suicidio entre las generaciones más jóvenes. Damos charlas para adolescentes y explicamos que nunca es una solución. Les quitamos esa idea de la muerte noble, explicando el impacto que tiene sobre los seres queridos, a la vez que dejamos claro que no todos los intentos de suicidio tienen el resultado esperado. A nadie le resulta romántico sobrevivir y estar confinado a una silla de ruedas el resto de la vida”.

El psicólogo dice que desde el lanzamiento de estos servicios se ha notado una tímida mejora en las estadísticas, pero señala que queda mucho trabajo por hacer. Hay pocos psicólogos para atender a tantas personas, y pese al número de afectados en la región, el Alentejo sigue sin tener un centro de internamiento para los pacientes que necesitan mayor atención. El más cercano queda en Setúbal, a 200 kilómetros de distancia. Pese a los obstáculos, Grelha se muestra optimista.

“Soy trabajador del ámbito de la salud mental así que tengo que serlo, pero también sé que queda mucho trabajo por delante. Cambiar las tendencias aquí será un proceso que se extenderá a lo largo de años, tal vez décadas”.

Alentejo

La crisis provoca un aumento en número de suicidios

En año 1984 fue el peor del siglo pasado en términos de suicidios en Portugal. Unos 1.030 lusos se mataron, un pico extraordinario en un país acostumbrado a cifras rondando los 800 casos anuales.

La cifra que fue escandalosa de mediados de los ochenta se ha convertido tristemente habitual con la llegada de la crisis económica: entre 2008 y 2014 la media fue de 1.070 casos anuales. Supone un aumento del 26,8% comparado con el periodo entre 1998 y 2004, cuando la media rondaba los 840 incidentes anuales.

La DGS se muestra cautelosa ante los datos, afirmando que todavía faltan estudios para poder responsabilizar a la crisis por este aumento, pero destaca que la mayor variación en las cifras coincide con el periodo durante el cual Portugal estuvo intervenida por la Troika y se recortaron las  ayudas sociales.

“La crisis ha tenido un efecto colateral brutal”, sostiene el doctor José Santos, de la Sociedad Portuguesa de Suicidología. “La emigración de los últimos años ha acabado con una generación que, antes, hubiese cuidado de los mayores”.

“Los hijos se van fuera a buscar trabajo y los padres se quedan solos. Los recortes acaban con los centros sociales, cierran ambulatorios. Las personas mayores se quedan sin red social alguna, aislados”.

Desde el Alentejo el psicólogo clínico José Grelha coincide con Santos, habiendo visto el impacto de los recortes sobre la red de asistencia de la región.

“A mediados de la década pasada nuestros centros de salud públicos del Alentejo empezaron a ofrecer atención psicológica. Fue un éxito, empezamos a abrirnos paso en esta lucha”.

“Cuando se cortó la financiación con la llegada de la crisis, sólo fue cuestión de tiempo antes que notamos un evidente repunte en el número de suicidios. Dejaron a mucha gente sin ayuda vital. La crisis tuvo consecuencias mucho más allá de las económicas”.


Reportaje publicado originalmente en el semanario AHORA, edición del 16 de septiembre de 2016.

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