madrid me mata

Madrid me mata, seguro, pero con este calor de mañana castiza y verano tardío, otoño incierto y cielos despejados casi mejor despejar las dudas existenciales, por merecidas (o no) que sean, y pasear, y olvidar, y envolverte en el anaranjado ladrillo y tejado rojizo que, junto con el negro-gris del acero y el marrón del polvo que lo cubre todo finalmente define la rica variedad colorida de la capital de España.

Vagabundeando se avanza, vagabundeando se olvida, y entre trazos y trayectos y apariciones del pasado se pronostican futuros, lanzando proyectos, augurando elecciones, previendo que la gran novedad sea más de lo mismo. ¿Una redacción encima de una peluquería? Con tanta tijera garantizan que los textos sean escuetos. Es otra aventura, es otra cruzada; vivan los informadores, que siguen sin ser vencidos incluso a la tercera.

Vuelta y vuelta por la Villa y Corte más castiza; plazas sobre ruinas de cuarteles, donde los pantalones de los franceses revolucionarios han dado paso a los culottes de los modernos. En la zapatería centenaría el regente lamenta estar tan lejos del norte; qué tiempos aquellos, en Cintruénigo, con buen vino y mejores mozas, cuando íbamos de fiesta en fiesta y quienes corríamos éramos serios, respetábamos, y lo hacíamos sin australianos. Reporta, alucinado, que sus alpargatas de mil pesetas la vende una cadena frou-frou por medio centenar de euros; “toma, hijo, llévate otro par por ser de mi tierra, y que nunca te olvides de Navarra”. ¿Y cómo podría, si la llevo colgada del cuello?

El calor achaca, pero también la presión del tiempo; el vuelo es en cuatro horas y esa media-botella de patxarán no cruza el control de seguridad. Sorbo y sorbo al paso de las calles; sorbo y sorbo en honor al Hotel Florida; sordo y sorbo a la sombra del madroño, a la espera del argentino. Parado en el centro de Madrid y con un pasaporte americano en el bolsillo leo un libro de un catalán sobre un calabrés en Milán y recuerdo a mi padre cubano; la globalización c’est moi.

Hay cañas y tintos, inesperados nombramientos ministeriales, paseos por grandes vías y besos metropolitanos. Un perro enorme deja descansar su cabeza sobre una pelota de fútbol rojigualda. Le falta la cría, pero la maratoniana parece más maternal que nunca. Su salida hacia la ciudad eterna implica revolver el pasado deshaciendo cajas almacenadas. Arranco la primera página de un libro que pide, si me voy a Lisboa, que no olvide lo que dejo atrás. ¿Cómo olvidar cuando no existen límites temporales, y los fantasmas conviven con el presente? Meto la hoja en la maleta; tiramos lo demás.

Castizo. Castizo es la Baja Malasaña, castizo son las estrechas calles que han acogido igualmente a Boccherini, Larra, los junkies de la Movida y una versión más joven de este mismo yo. El francés de la Creperie mira fijamente al paso y siente cosas que no dice en persona, pero la musa de sonrisa irónica espera, y con ella la bomba de albóndigas y croquetas y Mahou que mezclan finamente con el patxarán. Madrid es el calor de la tarde vivido desde el fresco de una taberna oscura.

Y comenzamos la vuelta. A pie, por a espaldas del viejo Tribunal y a la distancia del Hospicio, pasando al señor de los ejemplares de churro que nadie quiere, la casa del ex que no sabe que sabes que vive ahí, los talleres periodísticos, la casa del Alcalde-Ministro, del Boulevard que no es. Y al Metro, a las entrañas de la ciudad, donde azulejos con menos gracia facilitan la limpieza, hasta el intercambiador, el autobús, el extrarradio, aquel parque donde huías para escapar de ese trabajo en aquella vida que escapaste al huir al Tajo.

Adiós y hasta pronto, Madrid, ex-novia de ciudades. Te he querido mucho, muchísimo, y para todos supuso un shock cuando te dejé, pero tu laberinto de calles infinitas que se cubren de mierda cada vez que llueve finalmente me superó. Te amo, Villa y Corte, pero te conozco, y la seducción de salir de un portal que no es el tuyo a primera hora de la mañana ya no despierta la loca sensación de algo exuberante, sino la de volver, a vivir lo ya vivido, comulgar con un viejo conocido. Adoro revivir nuestras aventuras, incluso tener encuentros nuevos que me desvelan otras facetas de este amor maduro, facetas que me quedaron por descubrir cuando eras toda mía, pero para aprovecharte bien, sin enloquecer, sin odiar tus sequías y los vientos de invierno, te dejo, bellísima. Me matas, pero sobrevivo.

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