madre enfurecida

Hace siete años mi madre se fue con el verano, y en el aniversario de esa fecha me gusta recordarla, todos los momentos (tanto los grandes como los cotidianos) que compartimos con ella, y el legado que dejo a través de mis hermanos, sus amistades y los cientos de estudiantes que pasaron por sus aulas a lo largo de los años. En estas fechas normalmente elijo una foto un poco ñoña de ella con mis hermanos, pero este año me he topado con esta maravilla, que parece captar a mi madre en uno de sus momentos de furia.
 
Sé que probablemente no es así, y que será que estaba haciendo esa expresión porque el sol le molestaba los ojos o porque alguien había dicho algo raro en ese momento. Sé que no es así porque, en un momento de furia, mi madre hubiese sido capaz de arrancarle la cámara a quien se hubiese atrevido a tomarle una foto. Pero me gusta imaginar que es semejante momento, pues mi madre era muy, muy divertida cuando estaba enfurecida, o simplemente en plan despectiva o de mala leche.
 
Si mi madre pensaba que eras idiota, no se cortaba para nada en hacer una expresión justo como la que está haciendo en la foto, transmitiendo un desprecio absoluto que captaba esa expresión tan cubana de, “tu lo que eres es tremendo comemierda”. No era que quería ser borde, es que simplemente no tenía filtro, y era incapaz de fingir cuando alguien decía una auténtica barbaridad; incluso en la última época de vida, cuando ya tenía los años suficientes como para llevar estas interacciones con algo más de delicadeza, como mucho terminaba por hacer esa misma expresión, acompañada apenas con aquella frase a la vez tan diplomática pero completamente cadente de contenido o valoración real: “isn’t that something!”
 
Lo mejor, claro, era cuando hacía esa expresión en plan enfurecida total, pues generalmente era la última que hacía antes de ultrapasar el límite entre cabreo civilizado y furia descontrolada. Recuerdo que hizo esa expresión exacta cuando yo tenía seis años. Me castigaron en el colegio por haber pasado el día dibujando en vez de haciendo los deberes de clase, y la maestra me mandó a casa con una nota que mi madre tenía que leer y firmar. Pues bien, mi versión de seis años decidió que ya tenía experiencia de sobra como para comenzar una carrera como falsificador, y decidí no sólo no enseñarle la nota a mi madre, sino firmarla en su nombre, con letras grandes y en lápiz, “AITOR’S MAMA”.
 
Por increíble que os parezca, no coló: la profesora dudó de la autenticidad de la firma, y por mucho que yo me mantuve firme insistiendo que correspondía a la mano de mi madre, ella insistió en llamar a casa para contar todo lo ocurrido. Mi madre no estaba, por lo que la maestra dejó un largo mensaje en la maquina, pidiendo una reunión urgente con ella para analizar la extensión de mi delincuencia. Al parecer mi madre no pasó por casa antes de recogerme del cole ese día, pues llegó con una gran sonrisa y me dijo que esa tarde íbamos a ir al cine. Yo estaba feliz hasta que me dijo que primero necesitaríamos pasar por casa para recoger unos libros que necesitaba dejar en la biblioteca. Al llegar a casa me fui a mi cuarto para esperar lo inevitable, y poco después más tarde oí un grito de cabreo desde el otro lado de la casa. Se abrió mi puerta, y vi…
 
Esa expresión.
 
“¿Dónde está la nota de la maestra?”
 
Fingí ignorancia. Ultrapasamos la frontera de la furia. Mi mochila saltó por los aires, fue abierta, la nota con la firma falsificada encontrada. Mi vida terminó. Todo esto os lo cuento desde la ultratumba.
 
En fin, que mi madre se cabreó. Y a esa altura, claro, no hacía mucha gracia. De hecho, ser el objeto que inspiraba esa expresión generalmente no auguraba buenos momentos. Pero ser testigo de ella, y especialmente cuando iba dirigida hacia otras personas, personas que no eran tu mismo, era lo más grande. Daba igual que fuese un hermano que era pillado en plena mentira, una maestra que se ponía excesivamente faltona durante una conferencia de padres o el pobre empleado que se atreviese a ser chulo en su presencia, esa mirada era el último aviso antes de que estallara la bomba de severidad que mi madre guardaba en la esencia de su ser.
 
Y para nosotros, dentro de casa, esa mirada también era una especie de barómetro de nuestra propia humildad, pues ese estrechamiento de los ojos señalaba que estábamos diciendo o haciendo alguna barbaridad, y que por palabra o obra nuestra madre estaba a punto de cortar las alas de nuestra soberbia para devolvernos a la tierra y recordarnos que por muy grande que podíamos ser, al final no somos nada, y que a todos nos viene bien que alguien nos llame la atención cuando estamos siendo “tremendo comemierda”.
 
Es en honor a ese espíritu, que siempre nos animó a ser la mejor versión de nosotros mismos, que recuerdo a mi querida madre, aquella de los ojos estrechados y la voz enfurecida, pero también la de los abrazos dulces y tono reconfortante, aquí a través de la memoria cuando no puede estar en persona. Son siete años sin ella, pero sigue igual de presente.

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